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Antonio Machado

  
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LAS MOSCAS

 
  Vosotras, las familiares, 
inevitables golosas, 
vosotras, moscas vulgares, 
me evocáis todas las cosas. 
  ¡Oh, viejas moscas voraces 
como abejas en abril, 
viejas moscas pertinaces 
sobre mi calva infantil! 
  ¡ Moscas del primer hastío 
en el salón familiar, 
las claras tardes de estío 
en que yo empecé a soñar! 
  Y en la aborrecida escuela, 
raudas moscas divertidas, 
perseguidas 
por amor de lo que vuela, 
  -que todo es volar-, sonoras 
rebotando en los cristales 
en los días otoñales... 
Moscas de todas las horas, 
  de infancia y adolescencia, 
de mi juventud dorada; 
de esta segunda inocencia, 
que da en no creer en nada, 
  de siempre... Moscas vulgares, 
que de puro familiares 
no tendréis digno cantor: 
yo sé que os habéis posado 
  sobre el juguete encantado, 
sobre el librote cerrado, 
sobre la carta de amor, 
sobre los párpados yertos 
de los muertos. 
  Inevitables golosas, 
que ni labráis como abejas, 
ni brilláis cual mariposas; 
pequeñitas, revoltosas, 
vosotras, amigas viejas, 
me evocáis todas las cosas. 
 

LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS
POR LA MUERTE DE DON GUIDO

	 
  Al fin, una pulmonía 
mato a don Guido, y están 
las campanas todo el día 
doblando por él: ¡din-dán! 
  Murió don Guido, un señor 
de mozo muy jaranero, 
muy galán y algo torero; 
de viejo, gran rezador. 
  Dicen que tuvo un serrallo 
este señor de Sevilla; 
que era diestro 
en manejar el caballo, 
y un maestro 
en refrescar manzanilla. 
  Cuando mermó su riqueza, 
era su monotonía 
pensar que pensar debía 
en asentar la cabeza. 
  Y asentóla 
de una manera española, 
que fue casarse con una 
doncella de gran fortuna; 
y repintar sus blasones, 
hablar de las tradiciones 
de su casa, 
a escándalos y amoríos 
poner tasa, 
sordina a sus desvaríos. 
  Gran pagano, 
se hizo hermano 
de una santa cofradía; 
el Jueves Santo salía, 
llevando un cirio en la mano 
-¡aquel trueno!-, 
vestido de nazareno. 
 
Hoy nos dice la campana 
que han de llevarse mañana 
al buen don Guido, muy serio, 
camino del cementerio. 
  Buen don Guido, ya eres ido 
y para siempre jamás... 
Alguien dirá: ¿Qué dejaste? 
Yo pregunto: ¿Qué llevaste 
al mundo donde hoy estás? 
 
  ¿Tu amor a los alamares 
y a las sedas y a los oros, 
y a la sangre de los toros 
y al humo de los altares? 
Buen don Guido y equipaje, 
¡buen viaje!... 
El acá 
y el allá, 
caballero, 
se ve en tu rostro marchito, 
lo infinito: 
cero, cero. 
 
  ¡Oh las enjutas mejillas, 
amarillas, 
y los párpados de cera, 
y la fina calavera 
en la almohada del lecho! 
  ¡O fin de una aristocracia! 
La barba canosa y lacia 
sobre el pecho; 
metido en tosco sayal, 
las yertas manos en cruz, 
¡ tan formal! 
el caballeto andaluz.  

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